domingo, 12 de mayo de 2019

DESTINO OCCIDENTAL: "La Civilización ha entrado en una era de fases dramáticas y precipitadas, y el mundo se verá arrastrado a inauditas y tremendas renovaciones. Sólo nos queda el derecho de creer que, en medio de ese dramático devenir histórico, el pensamiento humano llegará a descubrimientos y audacias para nosotros incalificables."


LA MODERNA ILUSIÓN

S
iempre me acuerdo de aquellas expediciones que emprendí a los países beligerantes en los años más fieros de la Gran Guerra. Yo no frecuenté los campos de batalla, pero tuve ocasión de ‘sentir’ la guerra en el sector acaso más patético, o sea entre la población civil. Entre la muchedumbre de las madres que esperaban el regreso del frente del hijo que no había de volver jamás; del pequeño industrial que esperaba todos los días la noticia del armisticio, para que los negocios recuperasen el curso normal de antes; de todos los infinitos desconcertados a quienes la guerra había sumido en la angustia, en la miseria y el dolor.

Todos aguardaban que de un momento a otro aquella pesadilla llegaría a su término, y que inmediatamente, como ocurre después de una noche febril, la vida recobraría claridad y sentido verdadero. Como antes... Nadie se daba cuenta de la ilusión. Nadie podía comprender entonces que la guerra no era un episodio horrible y pasajero, sino algo inmensamente revolucionario que estaba transformando la fisonomía y la entraña de la Humanidad. En efecto, las cosas no volvieron a su estado de antes. Se hizo la paz y trabaron los pueblos nuevamente relaciones formales; pero la vida quedó trastornada y cambiada como en el transcurso de una a otra era histórica.

Esta ilusión de un regreso a la ‘normalidad de antes’ se mantiene hoy viva en medio de la crisis que abruma al mundo. Como en la época de la guerra, la gente espera también ahora que la crisis universal pase pronto, para dar lugar a que las cosas vuelvan a su estado anterior. Ni siquiera se quiere reflexionar el sentido de la enorme palabra universal. La palabra misma está expresando lo inmenso de la crisis, que no ha sido originada por un fracaso local, sino por una quiebra que abarca el mundo entero; que tampoco se limita al cuadro de los intereses económicos, sino que alcanza a las raíces morales más íntimas.

Una crisis universal quiere decir el trastorno de todo; de la política como del orden social, del giro de las costumbres cotidianas como de la manera de interpretar el arte. Si el poeta renuncia a la disciplina del endecasílabo o el alejandrino y considera que la rima sistemática es una estupidez, paralelamente al versificador, el obrero y el sirviente estiman que la antigua fidelidad al amo y el fervor honroso por la obra contratada son humillaciones insoportables. Por tanto, la ilusión de que el mundo ha de tornar cualquier día a su estado de antes podrá ser muy consoladora, pero también muy peligrosa. Las mentes responsables, sobre todo, deben precaverse, contra las fáciles soluciones de la ilusión. Y pensar que las cosas pueden mejorar cualquier día, pero con una ordenación y un rumbo distintos. La civilización occidental, en suma, ha penetrado en una nueva era histórica, y a esta idea necesitamos acomodar nuestros planes y nuestros pensamientos.

Es verdad que existe el Fascismo; también es cierto que se nota en los medios elevados del Catolicismo un aumento de energía cambiante, y bastantes conversiones entre los literatos y artistas. Esto podría apreciarse como una vuelta al pasado como una decidida voluntad de regresar al estado de antes. Especialmente el régimen Fascista italiano presenta a los ojos de las personas superficiales todo el aspecto de una rectificación política que pone a un país en el mismo plano que tuviera en los siglos del gobierno despótico. Pero al menor examen comprendemos que el sistema político-social que impera hoy en Italia no tiene nada que ver con el de Caracalla, con el de los Sforzas y Borgias, ni con el de los Borbones de Nápoles. Son hechos completa y profundamente distintos. En cuanto al sentido y a los modos que usa el Catolicismo moderno, fácil es observar que no se parecen mucho a los que usaba, no ya en la Edad Media, pero ni siquiera en tiempo de Pío Nono.

Es lógico que las inteligencias que viven un poco al margen de la refriega actual sientan miedo por el tesoro que se les ha confiado. Viven de la cultura y para la cultura, y temen que un tesoro tan eminente, frágil e indefenso por su misma excepcionalidad, esté amenazado de quebrarse entre las pisadas de las masas turbulentas e inconscientes. La cultura, sin embargo, tal vez no sea tan frágil, como sus conservadores sospechan. Lo único que ocurre acaso es que la inteligencia se ha adaptado al ritmo del tiempo; ha variado ella también, ha adquirido ademanes y procedimientos nuevos, originales, y esto perturba y alarma a quienes desearían que ciertas modalidades de la vida permaneciesen siempre inconmovibles. Hay en el hombre de la cultura, un instinto inconfesado que le arrastra sin querer hacia el reaccionarismo, mientras la inteligencia universal se burla de todas las previsiones y ejercita las mudanzas más desconcertantes.

Así, por ejemplo, la Política. Todos nos hallamos desconcertados ante esa especie de terremoto que sacude los cimientos y soportes que creíamos más sólidos; una honda perplejidad nos aturde e inmoviliza, porque comprendemos que la conmoción ha sido demasiado rápida y transcendente y nos faltan fuerzas para plegarnos a las nuevas formas. Nos hallamos en un país que ha sentido más tarde que los otros los efectos de la conmoción, pero que necesita sentirlos con una profundidad probablemente más intensa. De un estado de semi atonía política, ha saltado a España a una situación en que todo el vivir nacional se resuelve en política. Y así como antes quedaban en el país extensos territorios donde la gente se desinteresaba por completo de los afanes políticos, hoy puede asegurarse que no hay una aldea en que las pasiones políticas no se agiten con una gran vibración, con el siguiente agregado: que las mujeres han venido a participar en la general disputa, y que se mezclan en la política, naturalmente, con la vehemencia y simplicidad ideológica que las caracteriza.

Sí; la política se ha hecho extraordinariamente simple. Es inteligible para las mujeres, para los aldeanos y los niños, para cualquiera. Aquí en España, consecutiva y aceleradamente, puede decirse que la política ha quedado limitada a un juego de dos colores simples: negro y blanco; a dos direcciones o movimientos de la mayor simplicidad: izquierda y derecha. Es decir, ya no se admiten más que los extremos. O reaccionarios o radicales. Aquellos variados matices del Liberalismo que hacían tan humana y tolerante la política de algunos años atrás; aquellos Monárquicos Constitucionales, aquellos Conservadores llenos de tolerancia hacia las aspiraciones Socialistas, aquellos que se titulaban avanzados y eran en el fondo unos hombres tranquilos y de fácil contentar, todo aquello ha concluido y ha dado paso a una situación francamente violenta.

Para los avanzados de hoy, una ideología izquierdista no puede practicarse sino a través de las máximas concesiones; los Socialistas, por ejemplo, tratan con desdén a los Republicanos puros, y el título de Liberal es para ellos una prueba evidente de Reaccionarismo. Las derechas, por su parte, van limitando cada vez más el círculo en que se mueven; un derechista no puede ser tolerante, comprensivo y razonador; tiene que ser por fuerza reaccionario cerrado, sin atenuaciones, con la constante práctica y ostentación de su intransigencia. No es extraño, por tanto, que hoy abunden los espíritus arrastrados por la peor de las tragedias morales; la tragedia de verse apresados entre los dos extremos, igualmente feroces, y el no poderse situar en alguna de esas zonas templadas que el pensamiento razonador exige para vivir con cierta decencia intelectual. No es extraño, asimismo, que haya actualmente tantas mentalidades selectas, que han tenido que enmudecer y apartarse, dejando el campo libre a toda beocia que en la izquierda y en la derecha está consumando su programa de fanatismo.

Esto que sucede es consecuencia del cambio del régimen. A la crisis que sacude al mundo tenía que agregarse, como era lógico, la crisis que todo cambio radical de postura ha de producir en un pueblo de política un poco lenta. Pero los síntomas no varían mucho en todo el mundo. Necesitamos entonces insistir en lo que decíamos al principio: el presente estado de conmoción no pasará con la facilidad y rapidez que desearíamos, y cuando pase, o cuando se atenúe, no será para volver a la situación de antes.

Tenemos que acomodar nuestro ánimo a la idea de que lo que está sucediendo no es un episodio pasajero o un accidente del que saldrá la sociedad con la misma estructura anterior, sino, exactamente, el tránsito a una nueva era. ¿La era que antecede a la catástrofe final?

En estas mismas páginas hube de exponer en otra ocasión, mi modesto criterio al respecto. Yo no comparto la teoría de los que piensan que la Civilización se dirige a su aniquilamiento; no creo en una nueva Edad Media propiciatoria y reparadora. Se entiende esto, mientras el mundo occidental consiga librarse de la seducción morbosa y la marea del Comunismo. Más inclinado me siento a creer que la Civilización ha entrado en una era de fases dramáticas y precipitadas, y que el mundo se verá arrastrado a inauditas y tremendas renovaciones, en una sucesión rápida de experiencias y posturas que hoy no podemos ni siquiera imaginar. Los períodos de calma serán cada vez más breves y raros.

La Humanidad, en fin, está adquiriendo un ritmo de precipitación como la Historia no había conocido nunca, y por eso mismo, porque penetramos en el ámbito de una Historia completamente distinta, somos incapaces de prejuzgar la actitud de los hechos futuros. Sólo nos queda el derecho de creer, y de creerlo con una especie de alucinada energía, que, en medio de ese dramático devenir histórico, el pensamiento humano, poseído del vértigo de la precipitación, llegará a descubrimientos y audacias para nosotros incalificables.


José María Salaverría; 22 de junio de 1933.






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